jueves, 19 de octubre de 2017

TEXTOS PLATÓN ABAU

PLATÓN

 PLATÓN, texto 1 República, Libro IV, 432b-435c

- Bien, hemos observado ya tres cualidades en el Estado; al menos así creo. En cuanto a la especie que queda para que el Estado alcance la excelencia, ¿cuál podría ser? La justicia, evidentemente. (…) Lo que desde un comienzo hemos establecido que debía hacerse en toda circunstancia, cuando fundamos el Estado, fue la justicia o algo de su especie. Pues establecimos, si mal no recuerdo, y varias veces lo hemos repetido, que cada uno debía ocuparse de una sola cosa de cuantas conciernen al Estado, aquella para la cual la naturaleza lo hubiera dotado mejor.

-Efectivamente, lo dijimos.

 -Y que la justicia consistía en hacer lo que es propio de cada uno, sin dispersarse en muchas tareas, es también algo que hemos oído a muchos otros, y que nosotros hemos dicho con frecuencia.

- En efecto, lo hemos dicho y repetido

. -En tal caso, amigo mío, parece que la justicia ha de consistir en hacer lo que corresponde a cada uno, del modo adecuado. ¿Sabes de dónde lo deduzco?

-No, dímelo tú.

-Opino que lo que resta en el Estado, tras haber examinado la moderación, la valentía y la sabiduría, es lo que, con su presencia, confiere a todas esas cualidades la capacidad de nacer y —una vez nacidas— les permite su conservación. Y ya dijimos que, después de que halláramos aquellas tres, la justicia sería lo que restara de esas cuatro cualidades.

-Es forzoso, en efecto.

 -Ahora, si fuera necesario decidir cuál de esas cuatro cualidades lograría con su presencia hacer al Estado bueno al máximo, resultaría difícil juzgar si es que consiste en una coincidencia de opinión entre gobernantes y gobernados, o si es la que trae aparejada entre los militares la conservación de una opinión pautada acerca de lo que debe temerse o no, o si la existencia de una inteligencia vigilante en los gobernantes; o si lo que con su presencia hace al Estado bueno al máximo consiste, tanto en el niño como en la mujer, en el esclavo como en el libre y en el artesano, en el gobernante como en el gobernado, en que cada uno haga sólo lo suyo, sin mezclarse en los asuntos de los demás.

 -Ciertamente, resultaría difícil de decidir.

-Pues entonces, y en relación con la excelencia del Estado, el poder de que en él cada individuo haga lo suyo puede rivalizar con la sabiduría del Estado, su moderación y su valentía. (…) -Tampoco un hombre justo diferirá de un Estado justo en cuanto a la noción de la justicia misma, sino que será similar.

-Similar, en efecto.

 -Por otro lado, el Estado nos pareció justo cuando los géneros de naturalezas en él presentes hacían cada cual lo suyo, y a su vez nos pareció moderado, valiente y sabio en razón de afecciones y estados de esos mismos géneros.

-Es verdad.

-Por consiguiente, amigo mío, estimaremos que el individuo que cuente en su alma con estos mismos tres géneros, en cuanto tengan las mismas afecciones que aquéllos, con todo derecho se hace acreedor a los mismos calificativos que se confieren al Estado.

 PLATÓN; República, trad. de C. Eggers Lan, Madrid, Gredos, 1986, Libro IV, 432b-435c (pp. 221-226)

COMENTARIO DE TEXTO

El fragmento que acabamos de leer ha sido entresacado del libro IV de La República, principal diálogo de la etapa de madurez de Platón en el que expone el grueso de sus doctrinas acerca de la realidad, el conocimiento, el ser humano, la ética y la política. En esta obra, cuyo título original en griego es Politeia y cuyo subtítulo es “Acerca de la justicia”, tema central del diálogo, encontramos la exposición más completa y sistemática del pensamiento político platónico. En él, Platón considera que el régimen político o politeia más adecuado para la polis es aquel en el que el cuerpo de la ciudadanía ha sido rígidamente dividido en tres estamentos sociales conforme al principio de especialización funcional siendo los filósofos, aquellos que han logrado el conocimiento del Bien, los llamados a gobernar la Ciudad. Así mismo, entenderá que la “justicia de la polis” se alcanzará cuando, de un modo similar a como ocurre en el alma del individuo tal como establece el principio de correlación estructural entre el alma y la Ciudad, se da el adecuado orden entre dichos estamentos sociales sometiéndose los inferiores (productores y guerreros) al superior (gobernantes-filósofos).

Para poder llegar a entender mejor este fragmento es necesario previamente contextualizar tanto histórica como filosóficamente el pensamiento del autor. Platón vivió en la Era Clásica de la historia de la Grecia Antigua. En aquel periodo, las polis griegas, Ciudades-estado independientes y autónomas que habían surgido y se habían consolidado a lo largo de la etapa anterior, la Era Arcaica, lograron alcanzar extraordinarias cotas de desenvolvimiento político (sustitución de los tiranos por nuevas instituciones democráticas), social (estatuto de ciudadanía extendido al demos), económico (fundación de emporios) y cultural (fue unos de los momentos de mayor esplendor de la literatura, el arte y la filosofía). Sin embargo, debido 1º a las continuas guerras entre las polis en su lucha por la hegemonía (Guerra del Peloponeso) y 2º a la conflictividad social e inestabilidad política que la mayoría de ellas padecían, la polis clásica se sumió en la primera mitad del siglo IV a.C., periodo en el que Platón desenvolvió la mayor parte de su actividad filosófica, en un lento declive y decadencia que desembocó pocos años después de la muerte de Platón en el fin de la Era Clásica (por efecto, tras la batalla de Queronea, de la desaparición de la independencia de las polis en manos de Filipo II de Macedonia) abriéndose paso  una nueva etapa, la Era Helenística.

Respecto al contexto filosófico, por un lado el pensamiento platónico recogió el legado ontológico-metafísico de los pensadores presocráticos:
a)                            el pitagorismo le aportará su concepción órfica del alma como inmortal e independiente del cuerpo así como la relevancia ontológica de los números y de las matemáticas.
b)                           los eleáticos le influirán al concebir 1º las Ideas bajo los atributos del ser de Parménides (unicidad, inmutabilidad, eternidad) y 2º al diferenciar dos modos de conocer, el conocimiento sensible y el inteligible que retoman la distinción parmenídea entre la vía de la verdad y la de la opinión.
c)                                Anaxágoras le inspirará la necesidad de postular la existencia de un nous, de un Demiurgo o inteligencia ordenadora que de cuenta del orden del cosmos.
d)                                Finalmente, Heráclito y el atomismo de Demócrito le legarán su concepción de un mundo sensible-material sujeto al cambio y al devenir.

Sin embargo, el condicionante ideológico principal del pensamiento platónico y en respuesta al cual se articuló toda su filosofía fue la Ilustración sofística y Sócrates. La filosofía dominante en la Atenas de su tiempo se caracterizaba por el cuestionamiento generalizado a toda verdad y certeza llevado a cabo por la sofística. Los sofistas proclamaban además que detrás de las leyes y las instituciones de la polis no había otra cosa que la lucha y pugna entre intereses particulares que ambicionaban alcanzar para sí las máximas cotas de poder y de placer. En contraposición a ello, la mayor influencia filosófica que se ejerció sobre Platón fue la de su maestro Sócrates quien profesaba un interés honesto por cuestiones de índole ético-política y cuya doctrina conocida con el nombre de “intelectualismo moral puede ser considerada como el cimiento sobre el que se asienta no sólo las doctrinas morales sino el programa filosófico entero platónico.


            Pasemos seguidamente a analizar el texto, texto cuya adecuada comprensión requerirá que expongamos las principales doctrinas políticas, antropológicas y éticas de Platón.
  
PLATÓN, texto 2 República, Libro VI, 509c-511e

-Me temo que voy a dejar mucho de lado; no obstante, no omitiré lo que en este momento me sea posible.

 -No, por favor.

-Piensa entonces, como decíamos, cuáles son los dos que reinan: uno, el del género y ámbito inteligibles; otro el del visible, y no digo ‘el del cielo’ para que no creas que hago juego de palabras. ¿Captas estas dos especies, la visible y la inteligible?

-Las capto.

 -Toma ahora una línea dividida en dos partes desiguales; divide nuevamente cada sección según la misma proporción, la del género de lo que se ve y otra la del que se intelige, y tendrás distinta oscuridad y claridad relativas; así tenemos primeramente, en el género de lo que se ve, una sección de imágenes. Llamo ‘imágenes’ en primer lugar a las sombras, luego a los reflejos en el agua y en todas las cosas que, por su constitución, son densas, lisas y brillantes, y a todo lo de esa índole. ¿Te das cuenta?

-Me doy cuenta.

 -Pon ahora la otra sección de la que ésta ofrece imágenes, a la que corresponden los animales que viven en nuestro derredor, así como todo lo que crece, y también el género íntegro de cosas fabricadas por el hombre.

-Pongámoslo.

 -¿Estás dispuesto a declarar que la línea ha quedado dividida, en cuanto a su verdad y no verdad, de modo tal que lo opinable es a lo cognoscible como la copia es a aquello de lo que es copiado?

-Estoy muy dispuesto.

 -Ahora examina si no hay que dividir también la sección de lo inteligible.

 -¿De qué modo? 

– De éste. Por un lado, en la primera parte de ella, el alma, sirviéndose de las cosas antes imitadas como si fueran imágenes, se ve forzada a indagar a partir de supuestos, marchando no hasta un principio sino hacia una conclusión. Por otro lado, en la segunda parte, avanza hasta un principio no supuesto, partiendo de un supuesto y sin recurrir a imágenes —a diferencia del otro caso—, efectuando el camino con Ideas mismas y por medio de Ideas.

-No he aprehendido suficientemente esto que dices.

-Pues veamos nuevamente; será más fácil que entiendas si te digo esto antes. Creo que sabes que los que se ocupan de geometría y de cálculo suponen lo impar y lo par, las figuras y tres clases de ángulos y cosas afines, según lo que investigan en cada caso. Como si las conocieran, las adoptan como supuestos, y de ahí en adelante no estiman que deban dar cuenta de ellas ni a sí mismos ni a otros, como si fueran evidentes a cualquiera; antes bien, partiendo de ellas atraviesan el resto de modo consecuente, para concluir en aquello que proponían al examen.

 -Sí, esto lo sé.

-Sabes, por consiguiente, que se sirven de figuras visibles y hacen discursos acerca de ellas, aunque no pensando en éstas sino en aquellas cosas a las cuales éstas se parecen, discurriendo en vista al Cuadrado en sí y a la Diagonal en sí, y no en vista de la que dibujan, y así con lo demás. De las cosas mismas que configuran y dibujan hay sombras e imágenes en el agua, y de estas cosas que dibujan se sirven como imágenes, buscando divisar aquellas cosas en sí que no podrían divisar de otro modo que con el pensamiento.

-Dices verdad.

-A esto me refería como la especie inteligible. Pero en esta su primera sección, el alma se ve forzada a servirse de supuestos en su búsqueda, sin avanzar hacia un principio, por no poder remontarse más allá de los supuestos. Y para eso usa como imágenes a los objetos que abajo eran imitados, y que habían sido conjeturados y estimados como claros respecto de los que eran sus imitaciones.

 -Comprendo que te refieres a la geometría y a las artes afines.

-Comprende entonces la otra sección de lo inteligible, cuando afirmo que en ella la razón misma aprehende, por medio de la facultad dialéctica, y hace de los supuestos no principios sino realmente supuestos, que son como peldaños y trampolines hasta el principio del todo, que es no supuesto, y, tras aferrarse a él, ateniéndose a las cosas que de él dependen, desciende hasta una conclusión, sin servirse para nada de lo sensible, sino de Ideas, a través de Ideas y en dirección a Ideas, hasta concluir en Ideas.

-Comprendo, aunque no suficientemente, ya que creo que tienes en mente una tarea enorme: quieres distinguir lo que de lo real e inteligible es estudiado por la ciencia dialéctica, estableciendo que es más claro que lo estudiado por las llamadas ‘artes’, para las cuales los supuestos son principios. Y los que los estudian se ven forzados a estudiarlos por medio del pensamiento discursivo, aunque no por los sentidos. Pero a raíz de no hacer el examen avanzando hacia un principio sino a partir de supuestos, te parece que no poseen inteligencia acerca de ellos, aunque sean inteligibles junto a un principio. Y creo que llamas ‘pensamiento discursivo’ al estado mental de los geómetras y similares, pero no ‘inteligencia’; como si el ‘pensamiento discursivo’ fuera algo intermedio entre la opinión y la inteligencia.

 -Entendiste perfectamente. Y ahora aplica a las cuatro secciones estas cuatro afecciones que se generan en el alma; inteligencia, a la suprema; pensamiento discursivo, a la segunda; a la tercera asigna la creencia y a la cuarta la conjetura; y ordénalas proporcionadamente, considerando que cuanto más participen de la verdad tanto más participan de la claridad.

 -Entiendo y estoy de acuerdo en ordenarlas como dices.

 PLATÓN; República, trad. de C. Eggers Lan, Madrid, Gredos, 1986, Libro VI, 509c-511e (pp. 334-337)




PLATÓN, texto 3 República, Libro VII, 514a-517c 

-Después de eso —proseguí— compara nuestra naturaleza respecto de su educación y de su falta de educación con una experiencia como ésta. Represéntate hombres en una morada subterránea en forma de caverna, que tiene la entrada abierta, en toda su extensión, a la luz. En ella están desde niños con las piernas y el cuello encadenados, de modo que deben permanecer allí y mirar sólo delante de ellos, porque las cadenas les impiden girar en derredor la cabeza. Más arriba y más lejos se halla la luz de un fuego que brilla detrás de ellos; y entre el fuego y los prisioneros hay un camino más alto, junto al cual imagínate un tabique construido de lado a lado, como el biombo que los titiriteros levantan delante del público para mostrar, por encima del biombo, los muñecos.

-Me lo imagino.

-Imagínate ahora que, del otro lado del tabique, pasan hombres que llevan toda clase de utensilios y figurillas de hombres y otros animales hechos en piedra y madera y de diversas clases; y entre los que pasan unos hablan y otros callan.

 -Extraña comparación haces, y extraños son esos prisioneros.

 -Pero son como nosotros. Pues en primer lugar, ¿crees que han visto de sí mismos, o unos de los otros, otra cosa que las sombras proyectadas por el fuego en la parte de la caverna que tienen frente a sí?

 -Claro que no, si toda su vida están forzados a no mover las cabezas.

 - ¿Y no sucede lo mismo con los objetos que llevan los que pasan del otro lado del tabique?
 -Indudablemente.

 -Pues, entonces, si dialogaran entre sí, ¿no te parece que entenderían estar nombrando a los objetos que pasan y que ellos ven?

-Necesariamente.

-Y si la prisión contara con un eco desde la pared que tienen frente a sí, y alguno de los que pasan del otro lado del tabique hablara, ¿no piensas que creerían que lo que oyen proviene de la sombra que pasa delante de ellos?

 - ¡Por Zeus que sí!

 -  ¿Y que los prisioneros no tendrían por real otra cosa que las sombras de los objetos artificiales transportados?

 -Es de toda necesidad.

-Examina ahora el caso de una liberación de sus cadenas y de una curación de su ignorancia, qué pasaría si naturalmente les ocurriese esto: que uno de ellos fuera liberado y forzado a levantarse de repente, volver el cuello y marchar mirando a la luz y, al hacer todo esto, sufriera y a causa del encandilamiento fuera incapaz de percibir aquellas cosas cuyas sombras había visto antes. ¿Qué piensas que respondería si se le dijese que lo que había visto antes eran fruslerías y que ahora, en cambio, está más próximo a lo real, vuelto hacia cosas más reales y que mira correctamente? Y si se le mostrara cada uno de los objetos que pasan del otro lado del tabique y se le obligara a contestar preguntas sobre lo que son, ¿no piensas que se sentirá en dificultades y que considerará que las cosas que antes veían eran más verdaderas que las que se le muestran ahora?

-Mucho más verdaderas.

-Y si se le forzara a mirar hacia la luz misma, ¿no le dolerían los ojos y trataría de eludirla, volviéndose hacia aquellas cosas que podía percibir, por considerar que éstas son realmente más claras que las que se le muestran?

 -Así es.

-Y si a la fuerza se lo arrastrara por una escarpada y empinada cuesta, sin soltarlo antes de llegar hasta la luz del sol, ¿no sufriría acaso y se irritaría por ser arrastrado y, tras llegar a la luz, tendría los ojos llenos de fulgores que le impedirían ver uno solo de los objetos que ahora decimos que son los verdaderos?

-Por cierto, al menos inmediatamente.

-Necesitaría acostumbrarse, para poder llegar a mirar las cosas de arriba. En primer lugar miraría con mayor facilidad las sombras, y después las figuras de los hombres y de los otros objetos reflejados en el agua, luego los hombres y los objetos mismos. A continuación contemplaría de noche lo que hay en el cielo y el cielo mismo, mirando la luz de los astros y la luna más fácilmente que, durante el día, el sol y la luz del sol.

-Sin duda.

-Finalmente, pienso, podría percibir el sol, no ya en imágenes en el agua o en otros lugares que le son extraños, sino contemplarlo como es en sí y por sí, en su propio ámbito.

 -Necesariamente.

-Después de lo cual concluiría, con respecto al sol, que es lo que produce las estaciones y los años y que gobierna todo en el ámbito visible y que de algún modo es causa de las cosas que ellos habían visto.

 -Es evidente que, después de todo esto, arribaría a tales conclusiones.

 -Y si se acordara de su primera morada, del tipo de sabiduría existente allí y de sus entonces compañeros de cautiverio, ¿no piensas que se sentiría feliz del cambio y que los compadecería?

 -Por cierto.

-Respecto de los honores y elogios que se tributaban unos a otros, y de las recompensas para aquel que con mayor agudeza divisara las sombras de los objetos que pasaban detrás del tabique, y para el que mejor se acordase de cuáles habían desfilado habitualmente antes y cuáles después, y para aquel de ellos que fuese capaz de adivinar lo que iba a pasar, ¿te parece que estaría deseoso de todo eso y que envidiaría a los más honrados y poderosos entre aquéllos? ¿O más bien no le pasaría como al Aquiles de Homero, y “preferiría ser un labrador que fuera siervo de un hombre pobre” o soportar cualquier otra cosa, antes que volver a su anterior modo de opinar y a aquella vida?

-Así creo también yo, que padecería cualquier cosa antes que soportar aquella vida.

-Piensa ahora esto: si descendiera nuevamente y ocupara su propio asiento, ¿no tendría ofuscados los ojos por las tinieblas, al llegar repentinamente del sol?

-Sin duda.

-Y si tuviera que discriminar de nuevo aquellas sombras, en ardua competencia con aquellos que han conservado en todo momento las cadenas, y viera confusamente hasta que sus ojos se reacomodaran a ese estado y se acostumbraran en un tiempo nada breve, ¿no se expondría al ridículo y a que se dijera de él que, por haber subido hasta lo alto, se había estropeado los ojos, y que ni siquiera valdría la pena intentar marchar hacia arriba? Y si intentase desatarlos y conducirlos hacia la luz, ¿no lo matarían, si pudieran tenerlo en sus manos y matarlo?

 -Seguramente.

-Pues bien, querido Glaucón, debemos aplicar íntegra esta alegoría a lo que anteriormente ha sido dicho, comparando la región que se manifiesta por medio de la vista con la morada-prisión, y la luz del fuego que hay en ella con el poder del sol; compara, por otro lado, el ascenso y la contemplación de las cosas de arriba con el camino del alma hacia el ámbito inteligible, y no te equivocarás en cuanto a lo que estoy esperando, y que es lo que deseas oír. Dios sabe si esto es realmente cierto; en todo caso, lo que a mí me parece es que lo que dentro de lo cognoscible se ve al final, y con dificultad, es la Idea del Bien. Una vez percibida, ha de concluirse que es la causa de todas las cosas rectas y bellas, que en el ámbito visible ha engendrado la luz y al señor de ésta, y que en el ámbito inteligible es señora y productora de la verdad y de la inteligencia, y que es necesario tenerla en vista para poder obrar con sabiduría tanto en lo privado como en lo público.

PLATÓN; República, trad. de C. Eggers Lan, Madrid, Gredos, 1986, Libro VII, 514a-517c (pp. 338-342)



PLATÓN, texto 4 Fedro, 246a-247c

Sobre la inmortalidad, baste ya con lo dicho. Pero sobre su idea hay que añadir lo siguiente: Cómo es el alma, requeriría toda una larga y divina explicación; pero decir a qué se parece, es ya asunto humano y, por supuesto, más breve. Podríamos entonces decir que se parece a una fuerza que, como si hubieran nacido juntos, lleva a una yunta alada y su auriga. Pues bien, los caballos y los aurigas de los dioses son todos ellos buenos, y buena su casta, la de los otros es mezclada. Por lo que a nosotros se refiere, hay, en primer lugar, un conductor que guía un tronco de caballos y, después, estos caballos de los cuales uno es bueno y hermoso, y está hecho de esos mismos elementos, y el otro de todo lo contrario, como también su origen. Necesariamente, pues, nos resultará difícil y duro su manejo.

 Y ahora, precisamente, hay que intentar decir de dónde le viene al viviente la denominación de mortal e inmortal. Todo lo que es alma tiene a su cargo lo inanimado, y recorre el cielo entero, tomando unas veces una forma y otras otra. Si es perfecta y alada, surca las alturas, y gobierna todo el Cosmos. Pero la que ha perdido sus alas va a la deriva, hasta que se agarra a algo sólido, donde se asienta y se hace con cuerpo terrestre que parece moverse a sí mismo en virtud de la fuerza de aquélla. Este compuesto, cristalización de alma y cuerpo, se llama ser vivo, y recibe el sobrenombre de mortal. El nombre de inmortal no puede razonarse con palabra alguna; pero no habiéndolo visto ni intuido satisfactoriamente, nos figuramos a la divinidad, como un viviente inmortal, que tiene alma, que tiene cuerpo, unidos ambos, de forma natural, por toda la eternidad. Pero, en fin, que sea como plazca a la divinidad, y que sean estas nuestras palabras.

 Consideremos la causa de la pérdida de las alas, y por la que se le desprenden al alma. Es algo así como lo que sigue. 

El poder natural del ala es levantar lo pesado, llevándolo hacia arriba, hacia donde mora el linaje de los dioses. En cierta manera, de todo lo que tiene que ver con el cuerpo, es lo que más unido se encuentra a lo divino. Y lo divino es bello, sabio, bueno y otras cosas por el estilo. De esto se alimenta y con esto crece, sobre todo, el plumaje del alma; pero con lo torpe y lo malo y todo lo que le es contrario, se consume y acaba. Por cierto que Zeus, el poderoso señor de los cielos, conduciendo su alado carro, marcha en cabeza, ordenándolo todo y de todo ocupándose. Le sigue un tropel de dioses y démones ordenados en once filas. Pues Hestia se queda en la morada de los dioses, sola, mientras todos los otros, que han sido colocados en número de doce, como dioses jefes, van al frente de los órdenes a cada uno asignados. Son muchas, por cierto, las miríficas visiones que ofrece la intimidad de las sendas celestes, caminadas por el linaje de los felices dioses, haciendo cada uno lo que tienen que hacer, y seguidos por los que, en cualquier caso, quieran y puedan. Está lejos la envidia de los coros divinos. Y, sin embargo, cuando van a festejarse a sus banquetes marchan hacia las empinadas cumbres, por lo más alto del arco que sostiene el cielo, donde precisamente los carros de los dioses, con el suave balanceo de sus firmes riendas, avanzan fácilmente, pero a los otros les cuesta trabajo. Porque el caballo entreverado de maldad gravita y tira hacia la tierra, forzando al auriga que no lo haya domesticado con esmero. Allí se encuentra el alma con su dura y fatigosa prueba. Pues las que se llaman inmortales, cuando han alcanzado la cima, saliéndose fuera, se alzan sobre la espalda del cielo, y al alzarse se las lleva el movimiento circular en su órbita, y contemplan lo que está al otro lado del cielo.

PLATÓN; Fedro, en Diálogos III. Fedón, Banquete, Fedro, trad. de C. García Gual, Madrid, Gredos, 1986, 246a-247c (pp. 345-348)


PLATÓN, texto 5 Menón, 81c-82a

SÓCRATES .– (…) El alma, pues, siendo inmortal y habiendo nacido muchas veces, y visto efectivamente todas las cosas, tanto las de aquí como las del Hades, no hay nada que no haya aprendido; de modo que no hay de qué asombrarse si es posible que recuerde, no sólo la virtud, sino el resto de las cosas que, por cierto, antes también conocía. Estando, pues, la naturaleza toda emparentada consigo misma, y habiendo el alma aprendido todo, nada impide que quien recuerde una sola cosa —eso es lo que los hombres llaman aprender—, encuentre él mismo todas las demás si es valeroso e infatigable en la búsqueda. Pues, en efecto, el buscar y el aprender no son otra cosa, en suma, que una reminiscencia. No debemos, en consecuencia, dejarnos persuadir por ese argumento erístico. Nos volvería indolentes, y es propio de los débiles escuchar lo agradable; este otro, por el contrario, nos hace laboriosos e indagadores. Y porque confío en que es verdadero, quiero buscar contigo en qué consiste la virtud.

MENÓN .– Sí Sócrates, pero ¿cómo es que dices eso de que no aprendemos, sino que lo que denominamos aprender es reminiscencia? ¿Podrías enseñarme que es así?

SÓCRATES .– Ya te dije poco antes, Menón, que eres taimado; ahora preguntas si puedo enseñarte yo, que estoy afirmando que no hay enseñanza, sino reminiscencia, evidentemente para hacerme en seguida caer en contradicción conmigo mismo.

MENÓN .– ¡No, por Zeus, Sócrates! No lo dije con esa intención, sino por costumbre. Pero, si de algún modo puedes mostrarme que en efecto es así como dices, muéstramelo.


PLATÓN; Menón, en Diálogos II. Gorgias, Menéxeno, Eutidemo, Menón, Crátilo, trad. de F. J. Olivieri, Madrid, Gredos, 1983, 81c-82a (pp. 302-303)

martes, 17 de octubre de 2017

UNA PEQUEÑA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA - Cap. 40

Capítulo 40
Un tábano moderno Peter Singer

Estás en un jardín en el que sabes que hay un estanque. Oyes un chapoteo y unos gritos. Parece que un niño ha caído al agua y puede que se esté ahogando. ¿Qué haces? ¿Acudes a su rescate? Aunque hayas quedado con un amigo y llegues tarde, lo más seguro es que la vida del niño te parezca más importante que ser puntual. El estanque no es muy profundo, pero sí está muy sucio. Si ayudas al niño tus mejores zapatos se estropearán. Pero si no lo haces, no esperes que nadie lo entienda. Estamos hablando de un ser humano. La vida de un niño es mucho más valiosa que un par de zapatos, por caros que sean. Cualquiera que no lo vea así es una especie de monstruo. Tú saltarías al agua, ¿verdad? Claro que sí. El problema es que también eres suficientemente rico para evitar que un niño de África muera de hambre o de una enfermedad tropical curable. Probablemente eso no cueste
mucho más que el par de zapatos que estarías dispuesto a estropear para salvar al niño del estanque.

¿Por qué no has ayudado pues a otros niños (suponiendo que no lo hayas hecho)? Donar una pequeña cantidad de dinero a la organización de beneficencia adecuada salvaría al menos una vida. Hay muchas enfermedades infantiles que pueden prevenirse fácilmente con una cantidad de dinero relativamente pequeña para vacunas y otras medicinas. ¿Por qué alguien que muere en África no te afecta del mismo modo que un niño que se ahoga delante de ti? En caso de que sí te afecte igual, formas parte de una minoría. La mayoría no lo hacemos, aunque nos sintamos algo incómodos por ello.

El filósofo australiano Peter Singer (1946) afirma que el niño que se ahoga delante de ti  y el que se muere de hambre en África no son tan distintos. Deberíamos preocuparos más por aquéllos que podemos salvar en todo el mundo de lo que solemos. Si no hacemos algo, niños que de otro modo vivirían sin duda alguna morirán. Esto no es una conjetura. Sabemos que es cierto. Sabemos que miles de niños mueren cada año por causas relacionadas con la pobreza. Algunos mueren de hambre mientras en los países desarrollados tiramos comida que se pudre en el frigorífico antes de que lleguemos a comérnosla. Otros no tienen siquiera acceso a agua limpia para beber. Deberíamos renunciar a uno o dos lujos que en realidad no necesitamos para ayudar a personas que han tenido la mala suerte de nacer donde lo han hecho. Es una filosofía difícil de llevar a cabo. Pero eso no significa que Singer esté equivocado acerca de lo que deberíamos hacer.

 Podrías decir que aunque tú no dones dinero a ninguna organización de beneficencia, alguien probablemente sí lo hará. El peligro de esta actitud es que todos nos quedemos de brazos cruzados, esperando que sea otro el que done lo necesario. Hay tanta gente en todo el mundo que vive en la extrema pobreza y se va a dormir hambrienta cada día que si dejamos la beneficencia en manos de unos pocos no podremos cubrir sus necesidades. Es cierto que en el caso del niño que se ahoga delante de ti es muy fácil ver si alguien más acude en su ayuda. En los países lejanos es más difícil comprobar los efectos de lo que hacemos nosotros y los de las acciones de otras personas. Pero eso no significa que no hacer nada sea la mejor solución.

En relación a este punto también está el miedo de que donar dinero a países extranjeros provoque que los pobres se vuelvan dependientes de los ricos, y esto les disuada de encontrar formas de cultivar su propia comida y construir sus propios pozos y lugares en los que vivir. Con el tiempo, esto podría provocar que las cosas fueran todavía peor que si no donaras nada. Hay casos en los que países enteros se han vuelto dependientes de la ayuda extranjera. Esto no quiere decir, sin embargo, que no debamos contribuir a las organizaciones de beneficencia, sino que deberíamos informarnos acerca del tipo de ayuda que éstas ofrecen. Una ayuda médica básica puede proporcionar a los pobres una buena oportunidad de llegar a ser independientes de esta ayuda exterior. Hay organizaciones que son muy buenas formando a lugareños para que puedan ayudarse a sí mismos, ya sea construyendo pozos de agua potable u ofreciéndoles educación sanitaria. El argumento de Singer no es que debamos simplemente contruibuir con dinero, sino que deberíamos hacerlo a través de aquellas organizaciones que con más probabilidad vayan a beneficiar a los desfavorecidos de un modo que más adelante les permita vivir con independencia. Su mensaje es claro: casi con toda seguridad, podrías tener una verdadera influencia en la vida de otras personas. Y deberías.

Singer es uno de los filósofos vivos más conocidos. Esto se debe en parte a que ha cuestionado algunos puntos de vista muy extendidos. Algunas de las cosas en las que cree son extremadamente controvertidas. Mucha gente está convencida de la absoluta inviolabilidad de la vida humana (esto es, que en todos los casos está mal matar a otro ser humano). Singer no. Si, por ejemplo, alguien se encuentra en un estado vegetativo irreversible (esto es, si su cuerpo se mantiene vivo pese a carecer de conciencia o posibilidad alguna de recuperación y ya no hay esperanza), Singer opina que la eutanasia sería apropiada. Según él, no tiene mucho sentido mantener vivo a alguien en este estado, puesto que no tiene capacidad de sentir placer ni de mostrar ninguna preferencia sobre cómo vivir. Tampoco ningún deseo de seguir viviendo, ya que es incapaz de sentir deseo alguno.

Opiniones como ésta le han hecho impopular en algunos ámbitos. Le han llegado a llamar nazi por defender la eutanasia en esas circunstancias especiales, a pesar de que sus padres eran judíos vieneses que tuvieron que huir de los nazis. El apelativo hace referencia al hecho de que los nazis asesinaron a miles de enfermos y discapacitados físicos y mentales alegando que no merecían vivir. Ahora bien, sería una equivocación llamar «eutanasia» al programa nazi, pues no pretendía evitar un sufrimiento innecesario, sino  librarse de aquellos que los nazis consideraban «bocas inútiles» por no poder trabajar y porque supuestamente contaminaban la raza aria. No había «piedad» alguna en ello. Singer, en cambio, está interesado en la calidad de vida de quienes se encuentran en ese estado vegetativo y sin duda nunca apoyaría en modo alguno las políticas nazis, por mucho que algunos de sus oponentes caricaturicen sus ideas para que suenen muy parecidas.

Singer se hizo famoso con sus influyentes libros sobre el trato a los animales, especialmente con Liberación animal, publicado en 1975. A principios del siglo xix, Jeremy Bentham ya había hablado acerca de la necesidad de tomarse en serio el sufrimiento de los animales, pero cuando Singer comenzó a escribir sobre este tema en la década de 1970, pocos filósofos compartían su punto de vista. Singer, al igual que Bentham y Mill (ver los capítulos 21 y 24) es un consecuencialista. Esto significa que para él la mejor acción es aquélla con la que se obtiene el mejor resultado. Y para obtener el mejor resultado se ha de tener en cuenta qué es lo que beneficia a todos los implicados, incluidos los animales. Al igual que Bentham, Singer creía que el rasgo clave fundamental de la mayoría de los animales es su capacidad de sentir dolor. Como seres humanos, a veces experimentamos un sufrimiento mayor del que sentiría un animal en la misma situación, puesto que tenemos la capacidad de razonar y comprender lo que nos sucede. Esto también se ha de tener en cuenta.

A los que no le dan suficiente importancia a los intereses de los animales, Singer los llama «especieístas». Es como ser racista o sexista. Los racistas tratan a los miembros de su propia raza de un modo distinto: se dan a sí mismos un tratamiento especial. Niegan a los miembros de otras razas lo que se merecen. Un racista blanco, por ejemplo, le daría antes trabajo a otro blanco que a un negro más cualificado. Esto es algo claramente injusto y está mal. El especieísmo es como el racismo. Nace del hecho de tener únicamente en cuenta la perspectiva de la propia especie o estar claramente predispuesto a su favor. Muchos de nosotros pensamos únicamente en otros seres humanos cuando hemos de decidir qué hacer. Pero eso está mal. Los animales pueden sufrir, y su sufrimiento debería tenerse en cuenta.

Esto no quiere decir que debamos tratar a todas las especies de animales del mismo modo. No tendría sentido alguno. Si a un caballo le das una manotada en la grupa probablemente no le harás mucho daño. Los caballos tienen una piel muy gruesa. Si, en cambio, le haces lo mismo a un bebé humano, le causarás un intenso dolor. Ahora bien, para Singer, golpear al caballo con fuerza suficiente para causarle el mismo daño que si pegaras al bebé es, moralmente, un acto igual de reprobable. Obviamente, no deberías hacer ninguna de las dos cosas.

Singer opina que todos deberíamos ser vegetarianos, pues podemos vivir perfectamente bien sin comer animales. Gran parte de la producción de carne causa sufrimiento a los animales y algunas granjas son tan crueles que los maltratan abiertamente. Los pollos de las granjas factoría, por ejemplo, viven confinados en jaulas diminutas, a algunos cerdos los crían en compartimentos tan pequeños que no pueden ni darse la vuelta, y la matanza del ganado suele ser extremadamente angustiante y dolorosa para ellos. No puede ser moralmente correcto permitir que estas prácticas sigan teniendo lugar, afirma Singer. Y otras formas más humanas de crianza de animales son también innecesarias, puesto que podemos vivir sin comer carne. Fiel a sus principios, en uno de sus libros llegó incluso a imprimir una receta de lentejas para animar a sus lectores a buscar alternativas a la carne.

Los animales de granja no son los únicos que sufren a manos de los seres humanos. Los científicos utilizan animales para sus investigaciones. Además de ratones y conejillos de indias, en los laboratorios también pueden encontrarse gatos, perros, monos, e incluso chimpancés, muchos de los cuales sufren dolor y angustia al ser drogados o recibir electrochoques. La prueba de Singer para determinar si una investigación es moralmente aceptable es la siguiente: ¿estaríamos dispuestos a realizar el mismo experimento con un ser humano con daño cerebral? Si la respuesta es negativa, él considera que tampoco es correcto utilizar al animal con un nivel similar de percepción mental. Es una prueba dura, y no muchos experimentos la superarían. En la práctica, pues, Singer se opone con firmeza al uso de animales en las investigaciones científicas.

 El planteamiento moral de Singer está basado en la idea de la consistencia. Esto significa tratar casos similares de modo similar. Si hacerle daño a un ser humano está mal porque le estamos causando dolor, lo lógico es que el dolor de otros animales también afectara a nuestro comportamiento. Y si hacerle daño a un animal causa más dolor que hacérselo a un ser humano y hay que escoger una de las dos opciones, es preferible lo segundo.

Al igual que Sócrates muchos años antes que él, Singer asume riesgos en sus declaraciones públicas sobre cómo deberíamos vivir. En algunas de sus conferencias ha habido protestas y él ha recibido amenazas de muerte. Sin embargo, representa la mejor tradición filosófica, pues pone en cuestión constantemente creencias ampliamente aceptadas. Singer vive según sus principios filosóficos, y cuando no está de acuerdo con otras personas, siempre está dispuesto a desafiarlas y entablar una discusión pública.

Y, lo que es más importante, las conclusiones de Singer se apoyan en argumentos razonados y en hechos fundados. No hay que estar de acuerdo con él para apreciar su sinceridad como filósofo. Al fin y al cabo, la filosofía se alimenta del debate; de personas con posiciones contrarias que discuten utilizando las evidencias y la lógica. Aunque no estés de acuerdo con las ideas de Singer sobre el estatus moral de los animales o las circunstancias en las que la eutanasia puede ser moralmente aceptable, es muy posible que leer sus libros te haga reflexionar sobre tus creencias y los hechos, razones y principios en los que éstas se basan.

 La filosofía comenzó con preguntas incómodas y desafíos difíciles. Mientras haya filósofos tábanos como Singer a nuestro alrededor, hay muchas posibilidades de que el espíritu de Sócrates siga determinando su futuro.

 4º TRABAJO DE FILOSOFÍA

Capítulo 4º  NIGEL WARBURTON – UNA PEQUEÑA HISTORIA DE LA FILOSOFÍA

Un tábano moderno – Peter Singer

1º Busca información en la wiki sobre Peter Singer

2º Según Singer, ¿por qué tenemos la obligación de ayudar a un niño necesitado (de medicamentos o de alimentos que hacen posible que no muera) de cualquier parte del mundo?

3º ¿Cómo podemos ayudar?

4º ¿Qué excusas solemos poner para no hacerlo? (son dos excusas)

5º ¿Qué podemos replicar a esas excusas?

6º Explica el mensaje de Singer: “casi con toda seguridad, podrías tener una verdadera influencia en la vida de otras personas. Y deberías tenerla”

7º Singer defiende la eutanasia en determinadas condiciones. Explica
a)       ¿qué es la eutanasia? (busca información en la wiki)
b)      ¿en qué circunstancias según Singer la eutanasia está moralmente justificada?
c)       ¿A qué principio moral, explicitado en el libro, se confronta la eutanasia?
d)       A Singer por defender la eutanasia le han calificado de nazi ¿Es comparable la eutanasia que él defiende y considera moralmente legítima con los programas de eutanasia que ejecutaron los nazis?

8º Singer se hizo famoso por un libro que publico en 1975
a)        ¿Cómo se titulaba dicho libro?.
b)       ¿De qué trataba dicho libro?.
c)       ¿Qué otros filósofos anglosajones anteriores a Singer habían tratado este tema?

9º Singer es un mantiene una postura ética que se denomina “consecuencialismo” ¿Puedes explicar qué es el consecuencialismo?

10º ¿Por qué según consecuencialistas como Singer hay que tener en cuenta los intereses de los animales?

11º ¿Qué es un especieísta?

12º ¿Por qué según Singer deberías ser vegetariano?

13º Singer también se opone a el uso de animales en la investigación científica. Explica la prueba que Singer nos propone para determinar si una investigación con animales es moralmente aceptable.

14º Para justificar sus puntos de vista, Singer utiliza en su argumentación “el principio de la consistencia”. ¿Podrías explicar dicho principio?

15º ¿Por qué Singer es una especie de Sócrates moderno? (hay 4 razones)

INVITACIÓN A LA FILOSOFÍA - PRÓLOGO

TRABAJO SOBRE EL PRÓLOGO DE INVITACIÓN A LA FILOSOFÍA (Comte-Sponville)

1º Para hacer el trabajo, necesito:
     a)       3 folios   
     b)      Buscar en el aula virtual el pdf del libro “Invitación a la filosofía” de Comte-Sponville y leer el prólogo

2º Título del trabajo (debe aparecer en mayúscula y subrayado):

LOS CINCO RASGOS DEL SABER FILOSÓFICO (trabajo de lectura sobre el prólogo del libro de August Comte-Sponville “Invitación a la filosofía”)

3º En la parte superior de cada una de las cinco caras de los folios, pondremos una característica del saber filosófico: universal, esencial y radical, reflexivo, crítico y práctico (en mayúscula y subrayado). Por ejemplo: UNIVERSAL

4º Debajo de cada característica, explicaremos cada una de ellas a partir de nuestra lectura de los apuntes de clase. La explicación no puede superar las cinco líneas.

5º Después, leeremos el prólogo del libro e iremos apuntando todas las frases que podamos relacionar con alguna de estas cinco características. Cada una de esas frases deberá aparecer debajo de la característica correspondiente entrecomillada y separada de las demás citas por un guion. Por ejemplo:

UNIVERSAL
-          “¿Su objeto? La totalidad, con el hombre en su seno. O el hombre, pero en el seno de la totalidad”
-          “…………………………………………………….”
-          “…………………………………………………….”

Debemos recoger TODAS las citas posibles no sólo algunas. Para que os sirva como pista, aparecen:
-          En UNIVERSAL: 2 citas
-          En ESENCIAL Y RADICAL: 2 citas
-          En REFLEXIVO: 5 citas
-          En CRÍTICO: 2 citas
-          En PRÁCTICO: 8 citas
Alguna cita puede aparecer debajo de más de un término.


Una pequeña historia de la filosofía. Capítulo 2

Capítulo 2
La verdadera felicidad Aristóteles
«Una golondrina no hace verano.» Podrías pensar que se trata de una frase de William Shakespeare o de otro gran poeta. Lo parece. En realidad procede del libro de Aristóteles Ética a Nicómaco, así llamado porque se lo dedicó a su hijo Nicómaco. Lo que pretendía decir Aristóteles es que
 se necesita algo más que la llegada de una golondrina –así como algo más que un día cálido– para demostrar que el verano ha llegado. Del mismo modo, unos pocos momentos de placer no constituyen la verdadera felicidad. Para Aristóteles, la felicidad no es una cuestión de diversión a corto plazo. Curiosamente, consideraba que los niños no podían ser felices. Esto suena algo absurdo. Si los niños no pueden ser felices, ¿quién puede? Pero revela lo alejada que estaba su visión de la felicidad de la nuestra. Los niños apenas están comenzando sus vidas, de modo que no han tenido
todavía una vida plena. La verdadera felicidad, argumentaba él, requiere una vida más larga.  

Aristóteles fue alumno de Platón, y éste lo había sido de Sócrates. Estos tres grandes pensadores forman, pues, una cadena: Sócrates–Platón–Aristóteles. Suele suceder así. Los genios no acostumbran surgir de la nada. La mayoría ha contado con un maestro que le ha inspirado. Aun así, las ideas de estos tres pensadores son muy distintas. No se limitaron a reproducir lo que les habían enseñado. Cada uno de ellos tenía un punto de vista original. Dicho de un mo- do simple, Sócrates era un gran orador, Platón un escritor soberbio y a Aristóteles le interesaba todo. Sócrates y Pla- tón consideraban el mundo visible un pálido reflejo de la verdadera realidad a la que sólo se podía llegar mediante un pensamiento filosófico abstracto; Aristóteles, en cam- bio, estaba fascinado por los detalles de todo aquello que le rodeaba.

Desafortunadamente, casi todos los escritos de Aristóteles que han sobrevivido son apuntes de clase. Aun así, estas notas han tenido una enorme influencia en la filosofía occidental, a pesar incluso de que su estilo es con frecuencia algo árido. Ahora bien, Aristóteles no era sólo un filósofo: también se sentía fascinado por la zoología, la astronomía, la historia, la política y el teatro.

 Aristóteles nació en Macedonia el año 384 a. C. Después de estudiar con Platón, viajar y trabajar como tutor de Alejandro Magno, fundó su propia academia en Atenas, conocida como Liceo. Este centro de aprendizaje fue uno de los más famosos de la Antigüedad, y era algo así como una universidad moderna. Aristóteles enviaba investigadores a distintos lugares y luego éstos regresaban con información nueva sobre cualquier temática: de la sociedad política a la biología. También fundó una importante biblioteca. En un famoso cuadro renacentista de Rafael, La escuela de Atenas, Platón señala hacia arriba, en dirección al mundo de las Formas; Aristóteles, en cambio, extiende el brazo hacia el mundo que tiene delante.

A Platón ya le habría parecido bien filosofar desde un sillón; Aristóteles prefería analizar la realidad que percibimos mediante los sentidos. Rechazó la Teoría de las Formas de su maestro, pues creía que el único modo de comprender cualquier categoría general es mediante el estudio de sus ejemplos particulares. Es decir, para comprender lo que es un gato, él pensaba que es necesario ver gatos reales, no pensar de forma abstracta en la Forma del gato.

Una cuestión sobre la que Aristóteles reflexionó lar- gamente fue «¿Cómo deberíamos vivir?». Tanto Sócrates como Platón habían contestado a esa pregunta antes que él. La necesidad de contestarla es en parte lo que hace que la gente se acerque a la filosofía. Aristóteles tenía su pro- pia respuesta. La versión sencilla es ésta: en busca de la felicidad.

 ¿Pero qué significa ir «en busca de la felicidad»? Hoy en día, la mayoría de las personas a las que se les propusiera que fueran en busca de la felicidad pensarían en formas de pasárselo bien. Para ti la felicidad quizá implica vacaciones exóticas, ir a festivales de música o a fiestas, o bien pasar algún tiempo con amigos. También puede significar repantingarte con tu libro favorito, o ir a una galería de arte. Ahora bien, aunque ejemplos como éstos podrían constituir los ingredientes de una buena vida, Aristóteles no creía que el mejor modo de vivir fuera ir en busca del placer de esta forma. Bajo su punto de vista, cosas como éstas por sí solas, no conformarían una buena vida. La palabra griega que Aristóteles utilizó es eudaimonia (que en inglés se pronuncia «youdie-moania»,1 («Mueres lamentándote») (pero significa lo opuesto). Se traduce a veces como «florecer» o «tener éxito» más que como «felicidad». Es algo más que las sensaciones agradables que puedas obtener de comer un helado con sabor a mango o de ver ganar a tu equipo favorito. Eudaimonia no consiste en los momentos fugaces de dicha o en cómo te sientes. Es algo más objetivo, lo cual puede resultar difícil de entender, pues estamos acostumbrados a pensar que la felicidad está relacionada con cómo nos sentimos y nada más.

 Piensa en una flor. Si la riegas, procuras que le dé la suficiente luz y la alimentas un poco, crecerá y florecerá. Si la descuidas, la mantienes a oscuras, permites que los insectos roigan sus hojas y dejas que se seque, se marchitará y morirá, o, en el mejor de los casos, tendrá un aspecto lamentable. Los seres humanos también pueden florecer como plantas, aunque a diferencia de éstas, nosotros tomamos nuestras propias decisiones: decidimos qué queremos hacer y ser.

Aristóteles estaba convencido de que existe una naturaleza humana y de que los seres humanos tienen una fun- ción. Hay un modo de vivir que se adecúa más a nosotros. Lo que nos diferencia de otros animales y de todo lo demás es que podemos pensar y razonar sobre lo que debemos hacer. De acuerdo con esto, concluyó que la mejor vida para un ser humano es aquélla que utiliza los poderes de la razón.

 Sorprendentemente, Aristóteles creía que las cosas que desconoces –e incluso acontecimientos posteriores a tu muerte– pueden contribuir a tu eudaimonia. Esto puede parecer extraño. Suponiendo que no hay vida después de la muerte, ¿cómo puede afectar a tu felicidad aquello que sucede cuando ya no estás presente? Bueno, imagina que eres padre y que, en parte, tu felicidad reside en las esperanzas depositadas en el futuro de tu hijo. Si, por desgracia, este hijo cae gravemente enfermo después de tu muerte, tu eudaimonia se verá afectada por ello. Según Aristóteles, tu vida habrá empeorado, a pesar incluso de no estar presente. Esto ejemplifica a la perfección su idea de que la felicidad no depende únicamente de cómo te sientes. Desde este punto de vista, la felicidad está relacionada con lo que logras en la vida; y esto puede verse afectado por lo que les suceda a quienes te importan. Acontecimientos fuera de tu control y conocimiento pueden influir. Que seas feliz o no dependerá en parte de la buena suerte.

La pregunta central es: «¿qué podemos hacer para incrementar nuestra posibilidad de eudaimonia?». La respuesta de Aristóteles es: «desarrollar el carácter adecuado». Has de sentir las emociones adecuadas en el momento justo y éstas te conducirán a un buen comportamiento. En parte, esto dependerá de cómo has sido educado, pues el mejor modo de desarrollar buenos hábitos es practicarlos desde temprana edad. Así pues, la suerte también interviene. Los buenos patrones de conducta son virtudes; los malos son vicios.

Piensa en la virtud de la valentía en tiempos de guerra. Puede que un soldado tenga que arriesgar su vida para salvar a unos civiles del ataque de un ejército. A una persona temeraria no le preocuparía su propia seguridad y no vacilaría en involucrarse en una situación peligrosa, aunque no necesitase hacerlo. Sin embargo, eso no es valentía, sólo imprudencia a la hora de afrontar los riesgos. En el otro extremo, un soldado cobarde no podría vencer su miedo para actuar de un modo adecuado y se quedaría paralizado de terror cuando más se le necesitara. En esta situación, sin embargo, una persona verdaderamente valiente o audaz sentiría miedo, pero sería capaz de sobreponerse y hacer algo. Aristóteles creía que toda virtud se encontraba entre dos extremos. Aquí la valentía está a medio camino entre la temeridad y la cobardía. Esto se suele conocer como la doctrina aristotélica de la Aurea Me- diocritas.

 El interés del planteamiento ético de Aristóteles no es únicamente histórico. Muchos filósofos modernos piensan que estaba en lo cierto acerca de la importancia de desarrollar las virtudes, y que su opinión sobre la felicidad era acertada e inspiradora. En vez de procurar incrementar nuestro placer en la vida, dicen, deberíamos intentar ser mejores personas y hacer lo correcto. Esto es lo que hace que la vida vaya bien.

Según esto, parecería que Aristóteles sólo estaba interesado en el desarrollo individual. No es así. Los seres humanos son seres políticos, aseguraba. Necesitamos ser capaces de vivir con otras personas y necesitamos un sistema de justicia para controlar el lado oscuro de nuestra naturaleza. La eudaimonia sólo se puede conseguir en sociedad. Vivimos juntos, y hemos de encontrar la felicidad interactuando con aquéllos que nos rodean en un estado político ordenado.

La brillantez de Aristóteles tuvo un desafortunado efecto secundario. Era tan inteligente, y sus estudios tan concienzudos, que muchos de los que leyeron su obra pensaron que tenía razón en todo. Esto fue nocivo para el progreso, y nocivo para la tradición filosófica que Sócrates había iniciado. Durante cientos de años, la mayoría de los eruditos aceptaron sus opiniones sobre el mundo como una verdad incuestionable. Les bastaba con poder demostrar que Aristóteles había dicho algo. Esto es lo que a veces se llama «argumento de autoridad», y consiste en creer que algo ha de ser cierto porque una «autoridad» importante así lo ha dicho.

¿Qué crees que sucedería si dejaras caer desde un lugar alto un trozo de madera y otro de un metal pesado del mismo peso? ¿Cuál llegaría antes al suelo? Aristóteles pensaba que el objeto hecho del material más pesado, el de metal, caería más rápido. Sin embargo, no es así. Caen a la misma velocidad. Como Aristóteles había declarado que era cierto, durante el periodo medieval prácticamente todo el mundo creía que así debía ser. No se necesitaban más pruebas. En el siglo xvi, Galileo Galilei dejó caer una bola de madera y una bala de cañón desde la torre inclinada de Pisa para comprobarlo. Ambas llegaron al suelo al mismo tiempo. Aristóteles estaba equivocado. Pero habría sido muy fácil demostrarlo mucho antes.

 Confiar en la autoridad de otro era algo completamente contrario al espíritu de la investigación de Aristóteles. También va en contra del espíritu de la filosofía. Una autoridad no demuestra nada por sí misma. Los métodos de Aristóteles eran la investigación, el estudio y el razonamiento. La filosofía crece con el debate, con la posibilidad de estar equivocado, con los puntos de vista contrapuestos, y la exploración de alternativas. Afortunadamente, en casi todas las épocas ha habido filósofos dispuestos a poner en tela de juicio lo que otras personas opinaban. Un filósofo que intentó pensar críticamente sobre absolutamente todo fue el escéptico Pirrón.

5º TRABAJO DE FILOSOFÍA – LA VERDADERA FELICIDAD (Aristóteles)

1º Busca información sobre los siguientes asuntos:
-          El reino de Macedonia y Filipo II (busca en la wiki)
-          Alejandro Magno y la conquista del Imperio persa (busca en la wiki)
-          Aristóteles (busca en la wiki pero sólo la biografía)

2º Del mismo modo que “una golondrina no hace verano” ¿Por qué unos momentos de placer no hacen a un hombre verdaderamente feliz?

3º ¿Por qué para Aristóteles un niño no es verdaderamente feliz aunque lo parezca?

4º Según Warburton ¿Qué fue Sócrates? ¿Y Platón? ¿Y Aristóteles?

5º ¿Cuáles eran los campos de interés de Aristóteles además de la filosofía?

6º ¿Qué era el Liceo?

a)       Dibuja a Platón y a Aristóteles tal como los pintó Rafael en el fresco “La Escuela de Atenas” (puedes copiar el dibujo que aparece en la página http://www.supercoloring.com/es/dibujos-para-colorear/platon-y-aristoteles o imprimirlo, colorearlo y luego pegarlo en tu trabajo).
b)      En su mano izquierda portan un libro. ¿Cuál es el título del libro que lleva Platón? ¿Y el título del que lleva Aristóteles?
c)       ¿A dónde señalan Platón y Aristóteles con su mano derecha?

8º ¿Por qué rechazó Aristóteles la Teoría de la Formas de Platón?

9º ¿Cuál es la respuesta de Aristóteles a la pregunta “¿Cómo debemos vivir?”?

10º ¿Por qué no coincide la idea que la mayoría de las personas tenemos acerca de la felicidad con la que tenía Aristóteles?

11º
a)       ¿Con qué palabra griega designó Aristóteles a la felicidad?

b)      ¿Cómo podemos traducir también dicha palabra?

12º La eudaimonía consiste en cierta medida en crecer y florecer como si los hombres fuésemos una planta. ¿Te parece el florecimiento una buena metáfora de en qué debe consistir la buena vida para los seres humanos, la verdadera felicidad?

13º Sin embargo, aunque podamos llegar a florecer como plantas, la felicidad del ser humano no puede ser la de un geranio. ¿Por qué la felicidad de los seres humanos es tan diferente a la de las plantas?

14º Entonces, ¿en qué consiste según Aristóteles la felicidad para el ser humano? Es decir, ¿cuál es para el hombre el modo adecuado de florecer (un florecimiento completamente distinto al de las plantas o los animales al ser nuestro “modo de vivir” tan diferente)?

15º ¿Por qué para Aristóteles la felicidad depende también, al menos en parte, de la buena suerte?

14º Para Aristóteles, a respuesta correcta a la pregunta “¿Qué podemos hacer para incrementar nuestra posibilidad de llegar a ser felices?” es “Llegar a desarrollar el carácter adecuado”.
a)       ¿En qué consiste tener un carácter adecuado, un buen carácter para Aristóteles?
b)      ¿Por qué es tan importante tener un buen carácter?
c)       ¿De qué depende en parte el tener un buen carácter?
d)      ¿Qué son las virtudes?

15º La valentía es un ejemplo de una cualidad propia de alguien que tiene un buen carácter. La valentía es un patrón de conducta bueno, una virtud, que hace que seamos capaces de enfrentarnos a los peligros que nos acechan. Pues bien, para Aristóteles toda virtud es un término medio entre dos extremos (es “la doctrina del justo medio” o como la denominan en el libro, la “Aurea Mediocritas”). ¿Por qué para Aristóteles las virtudes, como por ejemplo ocurre con la valentía tal como se nos explica en el libro, se encuentra entre dos extremos?

16º ¿Por qué según Aristóteles no basta con ser buenas personas, con ser virtuosos, y necesitamos también la política (necesitamos que la sociedad este organizada y que alguien la gobierne)?

17º El pensamiento de Aristóteles fue el más influyente durante dos mil años. De ahí que Aristóteles se convirtiese en la máxima autoridad en muchas materias.
a)       Explica qué es el “Argumento de autoridad”.
b)      ¿Habría defendido Aristóteles este argumento?

18º Comenta la siguiente frase: “Una autoridad no demuestra nada por sí misma. El método debe ser la investigación, el estudio, el razonamiento. La filosofía crece con el debate, con la posibilidad de estar equivocado, con los puntos de vista contrapuestos, con la exploración de alternativas. Afortunadamente, en todas la épocas ha habido filósofos dispuestos a poner en tela de juicio lo que otros filósofos opinaban?


martes, 10 de octubre de 2017

Una pequeña historia de la filosofía. Capítulo 35

Capítulo 35
El hombre que no hacía preguntas 
Hannah Arendt
El nazi Adolph Eichmann era un administrador diligente. Desde 1942 estuvo a cargo del transporte de judíos europeos a campos de concentración de Polonia, entre ellos Auschwitz. Esto formaba parte de la «Solución Final» de Adolf Hitler: el plan para acabar con todos los judíos que vivieran en las tierras ocupadas por las fuerzas alemanas. Eichmann no fue responsable de la política de asesinatos sistemáticos –no había sido idea suya–, pero sí estuvo profundamente implicado en la organización del sistema de ferrocarril que lo hizo posible.

Desde la década de 1930, los nazis habían estado promulgando leyes que restringían cada vez más los derechos de los judíos. Hitler les culpaba de prácticamente todo lo que iba mal en Alemania y sentía un demencial deseo de venganza. Estas leyes les impedían ir a escuelas públicas, les obligaban a entregar al Estado su dinero y propiedades y les hacían llevar una estrella amarilla cosida a la ropa. También les obligaban a vivir en guetos: superpobladas secciones de ciudades que se convirtieron en auténticas prisiones. La comida escaseaba, y la vida era difícil. Ahora bien, la Solución Final supuso un nuevo nivel de maldad. La decisión de Hitler de asesinar a millones de personas a causa únicamente de su raza supo- nía que los nazis necesitaban un modo de sacar a los judíos de las ciudades y llevarlos a algún lugar en el que pudieran matarlos masivamente. Convirtieron los campos de concentración existentes en factorías para gasear e incinerar a cientos de personas al día. Como muchos de estos campos estaban en Polonia, alguien tenía que organizar los trenes que transportaban a los judíos a su muerte.

Mientras Eichmann permanecía en su oficina revolviendo papeles y haciendo importantes llamadas de teléfono, millones de judíos morían como resultado del sistema que él había organizado. Algunos perecieron de fiebre tifoidea o de inanición, a otros les hicieron trabajar hasta la muerte, pero la mayoría fueron asesinados con gas. En la Alemania nazi los trenes eran puntuales, Eichmann y otros como él se habían asegurado de ello. Su eficiencia mantenía los vagones de ganado llenos. Dentro iban hombres, mujeres y niños, todos obligados a realizar un largo y doloroso viaje hacia la muerte, normalmente sin comida ni agua, a veces bajo un intenso calor o frío. Muchos morían durante el trayecto, sobre todo los ancianos y los enfermos.

Los supervivientes llegaban débiles y aterrados. Una vez en el campo, los nazis les obligaban a entrar en unas cámaras camufladas de duchas y desnudarse. Luego cerraban las puertas. Allí era donde los mataban con gas Cyclon. Luego se quedaban con sus posesiones e incineraban los cadáveres. Si no eran seleccionados para morir inmediatamente de este modo, los más fuertes eran obligados a trabajar en condiciones atroces y sin apenas alimentos. Los guardias nazis les solían golpear o incluso disparar por mera diversión.

 Eichmann jugó un importante papel en estos crímenes. A pesar de ello, al terminar la Segunda Guerra Mundial consiguió escapar de los aliados y se las arregló para llegar finalmente a Argentina, donde estuvo viviendo en secreto durante varios años. Sin embargo, en 1960, miembros del servicio de inteligencia israelí, el Mosad, lo localizaron en Buenos Aires y lo capturaron. Tras drogarlo, se lo llevaron en avión a Israel para someterlo a un juicio.

¿Era Eichmann una especie de bestia malvada, un sádico que disfrutaba con el sufrimiento de otras personas? Eso era lo que la mayoría de la gente creía antes de que comenzara el juicio. ¿Cómo si no podía haber tenido un papel tan relevante en el Holocausto? Durante varios años su trabajo fue buscar formas eficientes de enviar a la gente a la muerte. Sólo un monstruo sería capaz de dormir por las noches después de realizar una tarea como ésa.

La filósofa Hannah Arendt (1906–1975), una alemana judía que había emigrado a los Estados Unidos, escribió sobre el juicio a Eichmann para la revista New Yorker. Estaba interesada en encontrarse cara a cara con un producto del estado totalitario nazi, una sociedad en la que no había demasiado espacio para pensar por uno mismo. Quería comprender a este hombre, ver cómo era; y averiguar cómo había podido hacer cosas tan terribles.

 Eichmann no era ni mucho menos el primer nazi que Arendt conocía. Ella misma había dejado Alemania huyendo de los nazis, instalándose primero en Francia y luego en los Estados Unidos. Cuando estudiaba en la Universidad de Marburgo, uno de sus profesores fue Martin Heidegger. Durante un breve periodo de tiempo, fueron amantes, a pesar de que ella sólo tenía 18 años y él estaba casado. Por aquel entonces, Heidegger estaba ocupado escribiendo Ser y tiempo (1962), un libro increíblemente difícil que algunas personas consideran una importante contribución a la filosofía y otros una obra deliberadamente oscura. Más adelante, pasaría a ser un miembro activo del Partido Nazi y defendería sus políticas antijudías. Incluso eliminó el nombre de su antiguo amigo, el filósofo Edmund Husserl, de la página de dedicatorias de Ser y tiempo porque era judío.

Sin embargo, en Jerusalén Arendt iba a conocer a un nazi muy distinto. Se trataba de un hombre corriente que había elegido no pensar en lo que estaba haciendo. Esto había tenido unas consecuencias desastrosas, pero él no era el sádico malvado que ella había esperado encontrar. Era algo mucho más común pero igualmente peligroso: un hombre irreflexivo. En una Alemania en la que la peor forma posible de racismo había sido elevada a ley, a Eichmann le resultó fácil convencerse de que estaba haciendo lo correcto. Las circunstancias le ofrecieron la oportunidad de labrarse una carrera exitosa, y la aprovechó. Para él, la Solución Final de Hitler supuso una oportunidad de prosperar, de demostrar que podía hacer un buen trabajo. Esto puede resultar difícil de imaginar, y muchos críticos de Arendt no creen que tuviera razón, pero ella creía que Eichmann era sincero cuando éste declaró que estaba cumpliendo con su deber.

A diferencia de algunos nazis, Eichmann no parecía sentir ningún odio irracional contra los judíos. Carecía de la maldad de Hitler. Había muchos nazis que no habrían tenido ningún problema en darle una paliza mortal a un judío en la calle por no saludarles con un «Heil Hitler!», pero él no era uno de ellos. Sin embargo, había acatado y aceptado la postura oficial del partido, y, cosa mucho, mucho peor, había ayudado a enviar a la muerte a millones de personas. Ni siquiera al escuchar las pruebas contra él dio la impresión de que creyera haber hecho nada incorrecto. Por lo que a él respectaba, puesto que no había infringido ninguna ley, no había matado a nadie directamente y tampoco pedido a nadie que lo hiciera por él, su comportamiento había sido razonable. Le habían educado para obedecer la ley y entrenado para seguir órdenes. Además, a su alrededor todo el mundo hacía lo mismo que él. Puesto que acataba las órdenes de otros, no se sentía responsable de las consecuencias de su trabajo diario.

Eichmann no tenía por qué ver a la gente apiñada en los vagones de ganado ni visitar los campos de exterminio, así que no lo hizo. Estamos hablando de un hombre que le dijo al tribunal que no podría haber sido médico porque no soportaba la visión de la sangre. Y sin embargo, la sangre todavía manchaba sus manos. Era el producto de un sistema que de algún modo había conseguido que evitara pensar de un modo crítico sobre sus propias acciones y las consecuencias de éstas sobre personas reales. Era como si careciera completamente de empatía. Se pasó todo el juicio convencido de su inocencia. Eso, o había decidido que su mejor línea de defensa era decir que sólo obedecía la ley; en este caso, logró engatusar a Hannah Arendt.

Arendt utilizó las palabras «la banalidad del mal» para describir lo que vio en Eichmann. Algo «banal» es común, aburrido y falto de originalidad. Según Arendt, la maldad de Eichmann era banal en tanto que, más que la de alguien perverso, era la maldad de un burócrata, la del encargado de una oficina. Era un hombre rematadamente común que había permitido que las ideas nazis afectaran todo lo que hacía.

 La filosofía de Arendt estaba inspirada por los elementos que la rodeaban. Ella no era uno de esos filósofos que se pasan la vida en un sillón pensando en ideas puramente abstractas o debatiendo hasta la saciedad acerca del significa- do exacto de una palabra. Su filosofía estaba influenciada por la historia reciente y las experiencias vividas. Lo que escribió en su libro Eichmann en Jerusalén estaba basado en sus propias observaciones de un hombre y el lenguaje y justificaciones de éste. Partiendo de lo que había visto, desarrolló explicaciones más generales sobre la maldad en un estado totalitario y sus efectos en aquéllos que no se opusieron a su forma de pensar.

Al igual que muchos otros nazis, Eichmann fue incapaz de ver las cosas desde la perspectiva de otros. No fue suficientemente valiente para poner en cuestión las órdenes que recibía: se limitaba a buscar el mejor modo de cumplirlas. Carecía de imaginación. Arendt le describió como super- ficial y no muy inteligente, aunque también puede que se tratara de teatro. De haber sido un monstruo habría sido terrorífico. Ahora bien, al menos los monstruos son poco frecuentes y, por lo general, bastante fáciles de reconocer. Lo que quizá le hacía todavía más aterrador era precisamente el hecho de que pareciera alguien tan normal. Era un hombre común que, al no poner en cuestión lo que estaba haciendo, tomó parte en algunos de los actos más atroces conocidos por la humanidad. Si no hubiera vivido en la Alemania nazi, es improbable que hubiera cometido maldad alguna. Las circunstancias se conjuraron en su contra. Pero eso no le exculpa. Había obedecido órdenes inmorales. Y obedecer órdenes nazis era, en lo que a Arendt respectaba, comparable a haber apoyado la Solución Final. Al no poner en cuestión lo que le decían que hiciera y llevar a cabo esas órdenes, tomó parte en un asesinato en masa por más que, desde su punto de vista, sólo estuviera organizando los horarios de los trenes. En un momento dado del juicio, declaró incluso estar actuando de acuerdo con la teoría del deber moral de Immanuel Kant, queriendo indicar que había hecho lo correcto por seguir órdenes. No había comprendido que Kant creía que tratar a los seres humanos con respeto y dignidad era un hecho consustancial a la moral.

 Karl Popper fue un intelectual vienés suficientemente afortunado para escapar del Holocausto y los puntuales trenes de Eichmann.

3º TRABAJO DE FILOSOFÍA – EL HOMBRE QUE NO HACÍA PREGUNTAS (HANNA ARENDT Y ADOLF EICHMANN)
Sobre Eichmann
1º Busca información sobre los siguientes asuntos:
-          la II Guerra Mundial
-          el antisemitismo (busca en la wiki)
-          el antisemitismo nazi: aquí tienes que explicar qué fueron las “Leyes de Nüremberg”; la “Noche de los cristales rotos”; los guetos; la “Solución Final” (busca en la entrada de la Wiki “antisemitismo” en el apartado “siglo XX”)
-          el Holocausto (busca información en el artículo correspondiente de la Wikipedia)
-          Adolf Eichmann (también en la Wiki)

2º Lee ahora la parte del capítulo en el que nos hablan de Adolf Eichmann y explica detalladamente qué papel jugó Eichmann en la ejecución de la “Solución Final”.

3º ¿Cuál es tu opinión respecto a la pregunta que se formula en el libro “¿Era Eichmann una especie de bestia malvada, un sádico que disfrutaba con el sufrimiento de otras personas?”?

Sobre Hanna Arendt
-          1º Busca información sobre los siguientes asuntos:
        Hanna Arendt (Wiki; no olvides indicar el título de tres obras importantes que escribió).
-          Martin Heidegger (Wiki; no olvides indicar el título de tres obras importantes que escribió).

2º ¿Cuál era el principal interés de Hanna Arendt para cubrir como corresponsal de la revista New Yorker el juicio de Eichmann en Jerusalén?

3º Para aquellos que le juzgaban, Eichmann era, al igual que la mayoría de los nazis que habían participado directamente en la Solución Final, un racista sádico y sin escrúpulos. La opinión de Arendt era muy distinta. ¿Quié era a su juicio Adolf Eichmann?

4º ¿Por qué Eichmann creía que no había hecho nada malo?

5º ¿por qué algunos críticos de Arendt decían que Eichmann la había engatusado?

6º ¿Qué es la banalidad del mal?

7º Para Arendt, Eichmann carecía de imaginación y no era muy inteligente (carecía de empatía, de incapacidad de ponerse en el lugar de los otros), pero no tenía sentimientos perversos, sádicos, de odio hacia los judíos. Eichmann era un hombre normal que era incapaz de matar a una mosca. Pero entonces, ¿Cómo pudo hacer lo que hizo?